- Ummm, Marta. Es un nombre muy bonito. –comentó tras reposarlo cálidamente sobre su pensamiento.
- Sí que lo es. –culminó para adentrarse en un profundo silencio.
Ambos se quedaron nuevamente bajo el cobijo sigiloso de la noche, tímidamente interrumpido por los grillos y por el susurro del agua resbalando sobre las rocas del río, allá, a lo lejos.
Valentín no sabía muy bien qué hacer ni cómo comportarse. Tan locuaz que podía ser con un papel y un bolígrafo para construir sueños de palabras y en otras ocasiones tan carente de ellas y su significado. En ese instante, y dadas las circunstancias, se encontraba inmerso en lo segundo, y si bien algunas frases surgían sagaces de su mente, todas ellas se quedaban encajadas en su garganta, sin fuerzas ni criterio para poder salir.
De pronto, algo le sacó del ensimismamiento en el que se encontraba inmerso. Un soplo de aire agitó sus cabellos, que tal y como se estaba desarrollando el día era algo normal, pero iba acompañado de un delicado aroma que no había percibido hasta ese mismo instante. Se trataba de una mezcla delicada, fresca y triste. Fue en aquel momento cuando Valentín levantó la cabeza para dirigir su mirada hacia el origen de aquel desconocido olor, para encontrarse de bruces con las lágrimas de Ana, de su pañuelo húmedo y de sus mejillas sonrosadas. Y fue la primera vez que sintió que aquella mujer era un ser maravilloso.
martes 7 de julio de 2009
Capítulo 7.- Una visita inesperada (2ª parte)
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lunes 22 de junio de 2009
Capítulo 6.- Una Visita Inesperada
Justo entonces divisó la silueta de un hombre en el camino que comunicaba con la otra casa de madera, también propiedad de su amigo José Miguel. Ana se sobresaltó, pues desconocía quién podría ser y sus intenciones. Al fin y al cabo, estaba allí sola, en medio del campo, a varios kilómetros del pueblo. El extraño visitante, al advertir la luz dentro de la estancia, se acercó lentamente, acompasando las pisadas al estridente susurro de los grillos.
- Hola, buenas noches. –saludó el hombre, cuando estuvo a unos pocos metros de Ana. –Me llamo Valentín Aranguren. Estoy pasando unos días en la casa de arriba.
Se acercó aun más, lo justo para intentar estrechar la mano como saludo. Su rostro ahora quedaba perfectamente definido por la claridad de la lámpara.
- Hola. Mi nombre es Ana.
- Encantado. –saludó cortésmente. –José Miguel me dijo que estaría aquí sola, y que me asegurase de que se encontraba bien.
Ana sonrió. Al parecer su amigo se había quedado inquieto por la repentina reserva de la casa, en esta ocasión sola.
- Estoy bien, gracias. –indicó ella, dejando que pasasen unos segundos inmersos en el silencio.
Durante esos instantes, Ana escrutó el aspecto físico de Valentín. Realmente era un hombre apuesto. Alto, desgarbado, con un cierto aire de dejadez, pelo alborotado y barba de tres días. Aún así, su mirada intensa y aquella melodía suave y ronca que salía su garganta era suficientemente embaucadora como para que apeteciese seguir una amigable conversación.
- Hace una noche muy linda, ¿verdad? –comentó él, mientras miraba el cielo estrellado.
- Sí, así es. Tan tranquila y sosegada… ojalá toda mi vida estuviera en armonía, como lo está la naturaleza que nos rodea.
- A veces las cosas no son fáciles.
- Lo sé, pero mi vida es demasiado complicada. –respondió instantáneamente. Justo entonces pensó que quizás habría sido un poco brusca con el comentario, y trató de no incomodar a su vecino. –Por favor, siéntese.
Valentín agradeció el ofrecimiento asintiendo con la cabeza, para acto seguido situarse justo enfrente de Ana.
- No sé exactamente qué le ha ocurrido, pero nada debería ser tan grave como para no poder continuar, seguir adelante.
- ¿Y cómo poder continuar, si precisamente lo que quiero hacer es justo lo contrario… acabar con todo?
Ambos se miraron fijamente. Una lágrima estaba ya rodando por la mejilla acalorada de Ana y Valentín enseguida advirtió su brillo a medida que se deslizaba sobre la piel, así como notó el dolor que había contenido en cada una de aquellas palabras.
- ¿Qué le ha pasado… si no es indiscreción?
- Tantas cosas que no sabría ni cómo empezar, y seguramente usted no tendría tiempo para escuchar.
- En absoluto, soy todo oídos. Y por favor tutéame.
- De acuerdo. –comentó, mientras comenzaba a relajarse y a permitir que un esbozo de sonrisa surcase por primera vez en días su rostro. –Ummm… ¿no irás a escribir lo que te cuente? Me dijo José Miguel que eras escritor.
- Efectivamente, escribo poesía. De todas maneras, si no quiere hablar…
- Quizás sea lo que necesite… quizás resulte más fácil desnudar el alma frente a un desconocido.
- Casi siempre es así.
- Verás… yo estoy casada con Andrés. Él y yo nos conocimos durante la universidad y al cabo de unos años, nos casamos. Ahora mismo, de hecho, estoy embarazada de él. Pero en realidad yo he estado siempre enamorada de otra persona… de una mujer. –Ana sonrió al darse cuenta de la libertad que daba el simple hecho de expresar, por primera vez sin miedo, aquella frase, así es que siguió hablando. –De hecho, sé que siempre voy a estar enamorada de ella.
- ¿Y por qué no están juntas? Nunca es tarde…
- Sí que lo es… murió hace dos días.
- Ohhh, lo siento. Ahora entiendo la tristeza que habita en tu mirada.
- Seguramente no será ni la décima parte de lo que siente mi corazón.
- Seguramente.
- Me comporté de una forma ruin y cobarde con ella, renunciando a nuestro amor por no tener la suficiente fuerza para enfrentarme al mundo entero y disfrutar de ella y de todo lo que podía darme.
- ¿Cómo se llamaba?
- Marta.
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martes 16 de junio de 2009
Capítulo 5. Doce Años (2ª Parte)
- ¿Cómo te llamas?—preguntó por fin Ana, deseando conocer el nombre de aquella fascinante chica de ojos azules, mientras caminaban tranquilamente por las calles de la ciudad.
- Me llamo Marta. Tú te llamas Ana, ¿verdad?
- Sí, ¿cómo lo sabes?
- Jajajaja, soy una mujer observadora. – dijo segura de sí misma.
- Ya veo. —Ana no podía apartar la mirada de ella, se sentía tan cómoda, tan fascinada…
- ¿Por dónde vives?—preguntó Marta, intentando insertar palabras a la conversación que, inevitablemente, estaban teniendo únicamente con las miradas.
- Cerca de aquí, al lado del parque.
- Ah, bonito lugar. Yo vivo un poco más abajo, pero no demasiado lejos.
- Esa zona también es muy linda. —comentó Ana, aunque se sentía cortada por todos los extraños sentimientos que comenzaban a florecer en su interior.
- Sí que lo es. —respondió Marta, quedándose ambas en silencio, sin saber muy bien qué decir. --Si quieres, algún día podríamos quedar a tomar algo, ya que vivimos relativamente cerca.
- Estaría bien.
Siguieron durante un rato, casi sin hablar, sólo mirándose y sonriendo, como dos quinceañeras sorprendidas por los influjos del primer amor, del despertar hormonal. Ya sólo había una única cosa que rondaba sus mentes, y era estar más cerca la una de la otra, deleitarse con el aroma, con el tacto, con los besos que ya estaban esperando para ser entregados.
Finalmente, y para desconsuelo de ambas, llegaron al domicilio de Ana.
- Aquí es. Muchas gracias por acompañarme, ha sido mucho más ameno con tu compañía.
- No me des las gracias, ha sido un auténtico placer.
- Me alegro.
- Mira, te voy a dar mi teléfono. —dijo de pronto Marta, cogiendo de la mochila un bolígrafo y garabateando unos números en un pedazo de papel. –Si te apetece quedar un día, avísame.
Ana tomó dubitativa aquel número de teléfono, sin estar segura de lo que estaba haciendo. Parecía como si de pronto se hubiese despertado de aquel sueño de algodón de azúcar y se encontrase con la realidad. Marta advirtió enseguida esa sombra que eclipsó la anterior sonrisa de Ana e intentó quitar hierro al asunto.
- Espero que no sea nada lo del golpe y eso… cuídate.
- Lo haré. —concluyó Ana, sin dar demasiadas esperanzas de una llamada de su parte.
- Hasta otra. –se despidió Marta, mirándola fijamente a los ojos, para acto seguido darse la vuelta y caminar hacia a su barrio.
- Hasta otra.
Ana subió las escaleras hasta su piso y fue directamente al dormitorio. Se tumbó en la cama y miró el papel donde Marta había apuntado su teléfono. No sabía si marcaría alguna vez ese número, ni si debía hacerlo, pero algo dentro de ella le decía que sí.
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viernes 12 de junio de 2009
Capítulo 4. Doce Años
Era el primer año de Ana en la universidad, estudiando derecho. Marta, en cambio, ya estaba por su tercer año en veterinaria. Ambas coincidían todos los días en el autobús, de camino al campus, y se observaban con curiosidad y disimulo. Marta le contaría más tarde que ya por entonces se sentía tremendamente atraída por ella, pero para Ana aquello fue bastante más complejo, pues nunca se había sentido atraída por una mujer. Pero con Marta notaba en su interior algo distinto, una curiosidad insaciable, una cercanía difícil de describir. Aunque todas aquellas sensaciones simplemente eran difuminadas por la barrera que había entre las dos, pues no se conocían ni nadie las había presentado.
Una tarde, al subirse Ana en el autobús y ver que todos los asientos estaban ocupados excepto el que se encontraba justo al lado de Marta, decidió quedarse de pie, inquieta por la situación, con tan mala fortuna que en uno de los giros que el conductor del bus realizó para esquivar una moto, Ana salió despedida, cayendo al suelo estrepitosamente. Gran parte de los ocupantes del autobús gritaron y se arremolinaron alrededor del cuerpo de Ana, que si bien no estaba inconsciente por la caída, sí se sentía un poco aturdida. Cuando dejó de sentir la intensidad del dolor provocado por el golpe, se percató de que era Marta quien la tenía sujeta, tratando de incorporarla con delicadeza. Sentía el calor de los brazos de Marta alrededor de su espalda y fue la primera vez, de muchas otras, en la que sus ojos se miraron, muy cerca, muy tierno.
Cuando paró el autobús, Ana se bajó, a pesar de que no era su parada. Necesitaba salir de aquel infierno con ruedas, y Marta hizo lo mismo, para asegurarse de que no estaba herida.
- ¿Te encuentras bien?—había preguntado Marta con una voz dulce.
- Sí, de verdad, estoy bien. —dijo mientras se tocaba la zona de la cabeza que había recibido el golpe. —Pero me he dado un buen coscorrón.
- Lo sé, te vi volando en el autobús… parecías un ángel…—comentó con una amplia sonrisa.
- Pues en el aterrizaje parecería un pato mareado…jajajaja—rió Ana, acomodada ya a la mirada intensa de aquella desconocida. —Bueno, me voy a casa.
- Si quieres te acompaño, me quedaría más tranquila sabiendo que has llegado bien.
- Está un poco lejos…
- No importa, a menos que tú prefieras ir sola…—dijo cortés Marta.
- No, prefiero que vengas conmigo.
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martes 9 de junio de 2009
Capítulo 3. Una Pista
- Lo siento mucho, pero la señora no está en la casa. Ha salido de la ciudad durante unos días. No ha dejado dicho cuándo volverá.
- ¿Habría alguna forma de contactar con ella? ¿alguna dirección o teléfono móvil?
- Lo siento, pero no dispongo de esa información. En tal caso, intenten contactar con el señor Andrés Campo, su esposo. Seguramente él sí que pueda darle alguno de esos datos.
- Muy bien, gracias.
- De nada. Buenos días.
Andrea Ibáñez era la encargada del caso de la recién fallecida, Marta Fernández. Si bien parecía a simple vista un accidente como cualquier otro, había algo que la mantenía expectante, alerta. No sabía muy bien de qué se trataba, pero no era la primera vez que tenía ese tipo de sensación. La reacción de desconsuelo infinito de Ana, la pasmosa serenidad de su esposo y sobre todo, la complicada maniobra que tuvo que realizar Marta para caer sin remedio por el terraplén, cuando la carretera era amplia y no parecía existir gravilla ni tierra que provocase un derrape del coche. Simplemente se salió, llevándose por delante una señal de tráfico y la valla de seguridad.
Cogió un lápiz y un trozo de papel y dibujó la situación del camino y del trazado que debería llevar el coche, imaginando la situación, y seguía sin comprender nada.
Miró la bolsa con el contenido que se había salvado del coche de Marta, básicamente lo que salió despedido durante la terrible caída. Había un teléfono móvil. Quizás era el causante del accidente.
Estaba Andrea ensimismada en sus pensamientos, llevándose la taza de café humeante a los labios y mirando el papel con el garabato recién hecho, cuando el teléfono de su despacho sonó.
- ¿Andrea?
- Sí Martín, soy yo. ¿Qué tenéis?
- No te lo vas a creer, pero hemos encontrado restos de una colisión en el coche de Marta Fernández.
- ¿Una colisión distinta de la del accidente?
- Efectivamente. En el maletero hay un fuerte golpe, y en el parachoques que se desprendió durante la caída del vehículo hay restos, no sólo del choque, sino de pintura azul.
- Muchas gracias Martín, sigue investigando por favor, sepamos de quién es esa pintura y cuándo llegó hasta allí.
La inspectora Ibáñez colgó el teléfono y pegó otro sorbo de café.
- Lo sabía.- se dijo para sí misma.
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martes 2 de junio de 2009
Capítulo 2. El Viaje
El lugar era verdaderamente cautivador, pero Ana tenía el corazón tan dolorido que apenas le quedaba resquicio alguno para deleitarse con él. Sus ojos seguían irritados por el llanto y un montón de pañuelos de papel usados en el asiento del copiloto descubrían que el viaje no había calmado sus ansias de llorar. Desabrochó el cinturón de seguridad y cogió el bolso, que se encontraba sobre los asientos de atrás, buscando el teléfono móvil. Tenía cinco llamadas perdidas de Andrés. Resopló. Estaba tan cansada de todo...
Finalmente decidió que permanecer más tiempo dentro del vehículo era una soberana tontería y que seguramente se encontraría mucho mejor fuera o en la casa. Al abrir la puerta se quedó embaucada por el olor dulzón de la naturaleza, del aire limpio y respiró con fuerza hasta que sus pulmones se llenaron. Había tanta paz en aquel lugar, justo lo contrario que en su interior. Expiró todo el aire que contenía y volvió a inspirar con ímpetu, deseando desde lo más profundo de su ser que parte de la tranquilidad existente en ese lugar entrase en ella y le diese una pequeña tregua a tanto sufrimiento.
Del maletero recogió un gran bolso donde tenía su ropa y se dirigió a la casa, llave en mano. La puerta hizo un pequeño ruido al abrir, recordando a las propias de las casas viejas, de bisagras oxidadas. Pero el interior no era precisamente de un lugar antiguo o desatendido. Al inicial aspecto limpio le acompañaba una suave y delicada decoración, propio de ese tipo de viviendas campestres. Una mesa amplia presidia el salón comedor, cercana a la chimenea, y un jarrón con flores, por el aspecto recién cortadas, proporcionaba un alegre colorido y un perfume fabuloso.
Avanzó por la estancia, percatándose del ruido que provocaban sus tacones en la madera del suelo, y decidió que lo primero que haría sería cambiarse de ropa y ponerse unas zapatillas. Atravesó rauda el salón y entró en el dormitorio principal, pero algo detuvo sus pasos justo tras abrir la puerta. Sus ojos, inevitablemente, volvieron a llenarse de lágrimas, y es que aquella cama blanca, impoluta, que yacía tranquila en medio de la estancia, había sido testigo silencioso de cada uno de los encuentros furtivos, de cada una de las veces que hizo el amor, con Marta.
Volvió a cerrar la puerta y apoyó la espalda sobre ella. No se sentía con fuerzas para dormir entre aquellas sábanas, así es que se dirigió al otro dormitorio. Éste era más pequeño, con dos camas individuales y, lo más importante, sin tanta carga emocional habitando entre sus paredes. Se dejó caer sobre una de ellas sin más dilación, para quedarse profundamente dormida.
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martes 26 de mayo de 2009
Capítulo 1.- Tristeza
Llevaba así, sumida en aquel desasosiego, desde la noche anterior, cuando supo de la muerte de Marta. Un accidente de tráfico, le habían dicho. Tomó una curva totalmente recta y su Opel Astra se salió de la carretera, para tras varias vueltas de campana, consumirse en una bola de fuego y llamas. La fuerza aerodinámica del coche permitió que salieran despedidos del vehículo objetos personales de la fallecida, entre ellos un móvil, cuya última llamada pertenecía a Ana. Por esa razón los bomberos y la policía se habían puesto en contacto con ella para anunciarle el fatídico suceso.
Habían transcurrido varias horas desde que supo de la muerte de Marta y aún no era capaz de reaccionar. Estaba petrificada, arrastrada por un dolor que le impedía siquiera respirar. Su corazón se negaba a asumir que aquello estuviese ocurriendo, pero la realidad no ofrecía resquicio alguno para la duda.
Engullida por aquel horrible sentimiento, apenas se percató de la presencia en el dormitorio de Andrés, su marido. Estuvo observándola detenidamente durante un par de minutos, en silencio, y ante la impasibilidad de su esposa decidió acercarse a ella para colocar una mano sobre su hombro. Ésta ni se inmutó. Seguía con la mirada perdida en algún punto de la habitación, absorta en el sonido de la lluvia y sumida atemporalmente en sus pensamientos. Ahora él se acercaba a su rostro, con la clara intención de besarla y este gesto trajo de vuelta a la realidad a Ana, lo justo para esquivarlo.
- No me beses.- dejó claro Ana, levantándose de la cama.
- ¿Por qué no? .- preguntó Andrés, aunque conocía de sobra la respuesta.
- Porque no quiero. Ya no te quiero. Lo sabes.
- ¿Estás segura de eso?, ¿vas a permitir que se rompa nuestra familia?
- ¿Qué familia?
- Estás casada conmigo y además estás embarazada.
- Tú no sabes lo que es tener una familia. Yo sólo soy tu trofeo.
- ¡Eso no es verdad!
- ¡Sí que lo es!... y ahora, déjame en paz.
Andrés no quiso seguir discutiendo. Su ira crecía con la misma rapidez con la que se había estropeado su matrimonio, pero advirtió que de aquella forma no conseguiría hacer cambiar de opinión a Ana. En realidad no sabía muy bien cómo lograrlo, pero obviamente aquella no era una buena dirección para tomar, así es que bajó la cabeza y cerró la puerta del dormitorio tras de sí.
Ana se levantó, hastiada. No podía soportar la sola presencia de Andrés cerca de ella. Estaba harta de su vida, de la hipocresía de su existencia, de la falsedad de cada uno de los pasos que le habían conducido a aquella situación, a ese punto infernal. Así es que no lo pensó durante más tiempo. Se limpió las lágrimas, se sonó la nariz en los pañuelos violeta que tanto le gustaban y garraspeó para aclarar su voz mientras marcaba el número de teléfono de un buen amigo.
- Hola José Miguel, ¿qué tal?... te quería preguntar... ¿aún tienes sin alquilar tu casita del bosque?
- Sí, así es. ¿Al final os vais a animar?
- Más o menos, voy a ir yo sola.
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jueves 14 de mayo de 2009
Encuesta
Llevo varios días pensando en si volver a publicar novelas, que al fin y al cabo, fue la razón principal de la apertura de este blog.
Y para saber qué opinan mis lectores/as... aquí os dejo un formulario:
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domingo 10 de mayo de 2009
WOMAD
Caminas por la calle, el aire fresco acaricia tus mejillas y la ropa ligera que te has puesto parece volar contigo. A lo lejos el sonido de unos timbales van acompañando cada uno de tus pasos, y lo que en principio era un simple murmullo ahora parece que ayuda a tu corazón a latir. Ya has llegado a la Plaza Mayor y casi no puedes pasar. Miles de personas beben, tocan instrumentos, rien y bailan. La música, el ritmo, ahora es trepidante. Algún grupo africano parece iluminar con sus instrumentos tribales el escenario, ubicado sobre las escalinatas del ayuntamiento. En el otro extremo de la plaza un grupo con tambores lucha por hacerse escuchar. El sol pega con energía y por instantes se esconde detrás de alguna nube, para dar tregua.
Gente, gente y más gente. Colegas del trabajo, amigos de la infancia. Todos parece hacerse un hueco en aquella inmensa maraña de rastas, alcohol y marihuana. Los tambores continúan incansables y el escenario de la Plaza ahora está vacío. Es hora de ir a otro de los escenarios. Subes las escaleras, siguiendo la estela interminable de personas, pasando por la Plaza de Santa María, cuajado de puestecillos, malabaristas con perro y colorido "womero". El nuevo sonido te atrae hasta la Plaza de San Jorge y allí te encuentras un enclave abarrotado de gente, moviéndose al son del bajo del último artista, recién llegado de Egipto. Piensas en si prefieres alimentar el oído o el estómago, y te decides por lo segundo. Sigues subiendo escaleras, que en cualquier otra ocasión son agotadoras. Pero hoy es distinto, hoy el sonido perenne de los timbales te impulsan hacia la dirección elegida. Ya en la Plaza de San Mateo te dejas embaucar por un culín de sidra(o dos... o tres) y queso de cabrales, por una patata asada o por un crepes de aguacate y queso.
Al final decides quedarte en la Plaza de las Veletas, escuchando a un grupo Malí que cuenta en francés cómo han llegado hasta allí, mientras disfrutas de un rato sentada sobre las centenarias piedras del casco antiguo de Cáceres. El Womad acaba de empezar.
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viernes 24 de abril de 2009
La Visita
- ¿No le regalarías también el collar?.- preguntó enfurecida, casi loca por la ira.
- Sí, es buena muchacha, se porta muy bien conmigo. Mira, ayer me trajo unos dulces caseros.- se justificó doña Berta, con la voz temblorosa, mostrando la bandeja de galletas.- Además, viene a verme todas las semanas y me hace compañía.
- Eres una vieja inepta. Te dejas engañar por cualquiera. Ella no te quiere, sólo quiere tu dinero. Yo sí que te quiero.- culminó, jactándose de su victoria dialéctica.- No vuelvas a regalar nada, ¿entendido?
- Está bien, hija.
- Bueno, me marcho. No sé si podré venir el mes que viene a visitarte, la residencia está lejos y como comprenderás, tengo cosas que hacer.
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