miércoles 26 de noviembre de 2008

El Jardín De La Envidia

Érase una vez un jardín lleno de flores. Había de todos los tipos, de todos los colores imaginables, conteniendo los perfumes más singulares, creando una perfecta sinfonía visual y olfativa. De entre todas esas flores, surgieron dos de belleza extraordinaria. Una era roja, y la intensidad de su color era tal que destacaba entre las demás a simple vista. La otra era azul celeste, como el cielo que las enmarcaba. Crecían con vigorosidad, con alegría, y pronto sus verdes tallos eran los más altos y los más fuertes.
Un día, mientras se despertaban con primeros rayos de la mañana, ambas se vieron y se enamoraron. Fue un flechazo. A partir de entonces se quedaban mirando durante todo el día, dedicándose palabras de amor hasta que los tibios destellos de Sol desaparecían tras el jardín. Entonces se despedían y dormían felices hasta el amanecer.
Ese amor que había entre ambas era tan fuerte y las llenaba de tanta ilusión, que anhelaron estar más cerca la una de la otra, por lo que despacio, pero constante, comenzaron a mover sus raices, recorriendo el agónico camino que las separaba.
Pero nuestras protagonistas vivían ajenas a lo que ocurría bajo ellas. El resto de las flores, más mediocres, más pequeñas, comenzaron a sentir envidia, un sentimiento atroz que se encargaron de propagar al resto del jardín. Si las flores hermosas se acercaban más, las miradas siempre irían hacia ellas y el resto quedarían en un triste segundo plano, dejando en consecuencia de recibir los halagos de sus visitantes. Este tema preocupó muchísimo a las ignorantes flores que se dejaron influenciar por las envidiosas, tristes y de corazones secos.
Una mañana cualquiera, la flor azul abrió sus ojos para mirar a su amor, pero no pudo encontrarla. Unas flores amarillas habían crecido demasiado y tapaban su visión. Lo mismo le ocurría a la flor roja, que desesperó por no poder tener contacto con su enamorada, pero que igualmente seguía conservando ese sentimiento a la espera de poder tener noticias.
Pero viendo que aguantaban, que soportaban estoicamente aquella situación, las flores amarillas empezaron a correr un rumor. Decían que la flor azul miraba a otra de color rosa, y la flor roja se puso muy triste. Pasaron los días y poco a poco envenenaron con mentiras su mente. Abatida y despechada, ya no se erguía ni trataba de crecer. Lo mismo hicieron con la flor azul, comentándole que la dueña de su corazón ya no quería saber nada de ella.
A partir de ese momento, las flores más bellas del jardín se empequeñecieron, comenzaron a marchitarse, hasta morir. Y un buen día, el jardinero, divisando dos flores mustias entre el perfecto jardín, las arrancó y las tiró a la basura.

Moraleja: no te guíes por lo que te digan los demás, sino por lo que te grite tu corazón.

miércoles 5 de noviembre de 2008

Hoy Sí

"Sí, hoy sí" se decía una y otra vez Ana, mientras sus pasos le acercaban dictatoriales hacia la tienda de golosinas donde trabajaba Paula. Todos los días hacía el mismo recorrido, compraba el periódico en el quiosco, una baguette en la panadería y la bolsa de pipas en la tienda de la chica que le gustaba. Así durante meses… sin ser capaz de intercambiar más de tres frases con la dueña de su corazón, con la protagonista principal de sus más descabellados y románticos sueños.
Y como todas las mañanas, se consagraba para luchar contra su timidez e invitar al cine a Paula, o a tomar un refresco, pero era tan difícil… Siempre aparecía alguien en la tienda que cortaba tajantemente la confidencialidad de esa petición de “cita”, o no veía en sus ojos una respuesta afirmativa a la pregunta que nunca formulaba.
- Hola Ana.- dijo Paula, nada más entrar en la tienda, con un brillo especial en sus ojos. Para ella, la llegada de Ana era el mejor momento del día, con diferencia, y siempre, siempre, se quedaba con ganas de hablar más con ella.
- Hola.- devolvió el saludo tímidamente Ana, intentando recopilar fuerzas para el atrevimiento que deseaba realizar. Las palabras se amontonaban en su cabeza y se atascaban en la garganta, incapaces de salir con algo de coherencia.
- ¿Lo de siempre… o alguna cosa más?.- preguntó con una sonrisa pícara surcando su rostro, buscando la reacción de Ana, que permanecía estática y con la mirada perdida en la barra de pan que columpiaba de su mano.
- Sí… bueno… no… ehhh… yo…
- ¿Sí?.- preguntó Paula, colocando la bolsa de pipas sobre el mostrador.
- No, nada más.- dijo por fin derrotada Ana, incapaz nuevamente de declararse, de dejar ver sus sentimientos, aunque éstos fueran tan claros como la luz del Sol.
Entonces, y ante la falta de más que decir, Paula colocó las pipas en una bolsa, y dentro… una pequeña nota que decía “ME ENCANTAS”. Se la entregó, Ana pagó el dinero correspondiente y se marchó, como hacía todos los días.
Paula se entristeció nuevamente. Desde hacía meses le dejaba una nota en la bolsa con peticiones para salir, para quedar, para tomar algo, para ir al cine… pero Ana nunca le decía nada al respecto. Estaba claro que no le interesaba.
Mientras Ana regresaba a su casa, frustrada ante un nuevo intento fallido de declaración, sin posibilidad de articular palabra ante la duda de si sería o no correspondida. Y como todos los días, hacía tostadas con el pan, tiraba la bolsa de pipas a la basura, pues simplemente era una excusa para ver a Paula y se sentaba a desayunar, periódico en mano, pensando en porqué no tenía suerte con las mujeres…